Entonces dirá el rey: «Ven, Fernando, con los benditos de mi Padre, y hereda tú también el reino preparado para ustedes desde la creación del mundo. Porque tuve hambre y me diste de comer, tuve sed y me diste de beber, fui emigrante y me acogiste…»

Fernando ya ha escuchado estas palabras de labios del Señor de la Vida. Y ha participado en el diálogo: «Señor, ¿cuándo te vi con hambre y te alimenté, o con sed y te di de beber?; ¿cuándo te vi emigrante y te acogí?». Y el rey ya tenía la respuesta preparada: «Fernando, cada vez que lo hiciste con uno de estos, mis hermanos más pequeños que acudían a Cáritas y a la Escuela de Español para Inmigrantes, a mí me lo hiciste».

Ayer, 9 de enero, Fernando Ojeda Suárez partía al encuentro con el Señor después de un rápido deterioro de su salud. Hoy se ha celebrado la despedida de un hombre bueno que, en esta casa salesiana de Las Palmas, se empeñó por hacer algo más digna la vida de aquellos que viven sin apenas dignidad. Esta entrega quiso evidenciarla la parroquia Santa Catalina de Alejandría en el día de su santa titular con un sencillo homenaje. A las pocas semanas, a causa del avance contumaz de la enfermedad, Fernando dejaba de venir por esta su casa.

Los voluntarios de Cáritas Interparroquial y los magrebíes y subsaharianos migrantes que acuden cada semana a la Escuela de Español ya no volverán a oír la voz afónica de Fernando ni verán su semblante, surcado de arrugas, pero siempre sereno, amable y sonriente. Pero su recuerdo y su impronta les será difícil, si no imposible, de olvidar.

In aeternum!

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